No lo voy a negar, extraño vivir una vida totalmente simple. Durante toda mi vida estudiantil escuché que debía definir mi estilo: mi forma de vestir, mi forma de escribir, mis gustos personales en cuanto a hobbies, géneros musicales, cinematográficos y ese gran problema de el cómo quiero que sea las mujer que dejaré entrar a mi vida. Todos estos diferentes pero unidos ante una misma etiqueta: estilo.
No lo niego, es algo que en su tiempo me provocó dolores de cabeza y disgustos por esa bonita costumbre de juzgar a las personas dependiendo de la primera impresión que tenemos de esta. Eso me enervaba, me enfurecía. ¿Cómo pueden ser tan faltos de humanismo aquellos que lo pregonan cada día y a cada hora pero ante lo contrario a su régimen mental, moral y espiritual; descartan inmediatamente con una sonrisa trabajada con esmero cada jornada laboral? ¿Por qué no podemos abrirnos más al mundo de posibilidades que se presentan al despertarnos cada día? ¿Dónde quedó el respeto, el gusto personal, el libre albedrío? ¿Por qué debo ser parte de su embuste? Día a día, querido lector, día a día me preguntaba lo mismo en cada clase, cuando cada maestro me veía de forma diferente o me sumaba a la lista de estereotipos sin darme cuenta que yo también lo hacía. Yo también juzgaba.
¿Cómo puede ser tan falto de amor hacia el prójimo aquel que lo pregona cada día y a cada hora pero ante lo contrario a su régimen mental, moral y espiritual; descarta inmediatamente con el sarcasmo trabajado con esmero en cada jornada? ¿Por qué no podía abrirme más al mundo de posibilidades que se presentaba al despertarme cada día? ¿Dónde quedó el respeto, el gusto personal, el libre albedrío? ¿Por qué era parte de mi propio embuste? Tal vez no entendía el concepto de lo que en realidad se nos quiso enseñar y me perdí en el camino.
Tal vez era hora de cambiar un poco las cosas, por lo que decidí prepararme más respecto a ese tema, estudiando todo mi amada carrera me ofrecía, absorbiendo cada gota de información sobre comunicación verbal y no verbal para así entender y modificar ese comportamiento que en mi mente pasaba como un ejercicio de rechazo social.
La emisión de mensajes codificados hacia nuestros posibles receptores siempre estarán a merced de todo el “ruido” o elementos que funcionen como barreras en el proceso de comunicación. Entendí que esas barreras no son fabricadas por el simple gusto personal, esas barreras se encuentran diseñadas por la cantidad de impactos visuales, auditivos o emocionales a la que una persona se ha enfrentado la mayor parte de su vida. La ideología que se ancla en la mente de cada persona nos delimita el como nos manejaremos en el diario andar de nuestras vidas, tomando decisiones en base a nuestros propios protocolos de manejo personal, manejo de crisis, manejo situacional, manejo emocional… bueno, creo que me estoy explicando. Conforme pasó el tiempo, se me fueron dando nuevas herramientas que decidí usar a mi favor. Ya no era un simple estudiante, ahora me había puesto en un lugar donde muchos me podían ver y escuchar. Inicié una pesadilla, ahora era un maestro. Ahora era mi turno de crear impactos en la mente de mis alumnos, compañeros y jefes.
A lo largo de mi vida laboral, nunca dejé que mi estilo de vida fuera algo que me preocupara, dejando que mi personalidad llevara la mayor carga de trabajo. A veces funcionaba, otras veces no. Pero ahora no tenía segundas oportunidades. Esta vez mi impacto no sólo me mantiene. Esta vez mi impacto afecta a los demás, de forma positiva o negativa dependiendo del protocolo mental con el que se maneje.
¿Qué cambios debo hacer para poder impactar de una forma fuerte y dando una buena imagen personal? ¿Cómo puedo ser yo mismo y no lucir como alguien que simplemente se encubre como “persona seria” para garantizar el éxito laboral?
Tal vez estoy haciendo las preguntas equivocadas. Siempre confundimos una frase con lo que en realidad es. Esta metamorfosis de nuestro lenguaje procedente de la fatiga que nos genera el hablar correctamente es el origen de que nuestra forma de manejarnos se convirtiera en una versión más ligera de lo que nuestros padres y abuelos vivieron. Entonces no estoy haciendo las preguntas equivocadas, estoy viendo desde otra perspectiva. La comunicación, en todas sus ramificaciones, tiene una finalidad especifica que es la de hacer llegar información de un punto A a un punto B. Ese punto B es la persona clave de toda esta ecuación por su primera decodificación y su primera participación al producir una retro alimentación. Debemos esforzarnos más para mejorar el proceso de esa decodificación y establecer puntos de partida para tener un entendimiento lineal donde la codificación y decodificación de un mensaje este sujeto a un solo protocolo de acción. Pero esta requiere mucho esfuerzo y el esforzarse de más sin ninguna remuneración es un gran problema porque nadie quiere tomar ese trabajo, así que descartemos esta formula.
Mejor, permítame tomar la libertad de mostrarle la siguiente solución: si creemos que los protocolos son muy estrictos para la manera en la que nuestra familia se maneja, usemos los buenos modales como protocolo de vida. Nos han bombardeado con la constante idea de la competencia, donde los buenos modales tomaron el rol de “la manera en la que podemos soportar a las personas”.
Estableciendo este común denominador en la rutina diaria, sumándole otras influencias, tomadas desde la raíz y no desde la manufactura mental de otra u otras personas, como la religión, la educación, el deporte, la música, etc.; podemos hacer llegar los mensajes de forma clara y estos ser entendidos a la perfección.
Así, podemos gritar con fuerza todos los mensajes que queramos, pero no molestemos a otros. Gritémoslo, pero discreta, cordial y educadamente.
10:00 a. m. |
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