“La primera impresión no se olvida”. Todos hemos escuchado esta
frase con todas sus variantes, pero en nuestro contexto actual, creo que
debemos poner un poco más de atención a ese detalle porque nuestra
impresión ha cambiado hasta el punto donde nos presentamos de manera
diferente en cada frente de el gran experimento social a la que llamamos
vida.
En la actualidad, somos la consecuencia de las opciones
que hemos tomado en nuestra vida, motivo por el cuál, nuestras
amistades, relaciones con otros miembros de la sociedad, proyectos o
trabajos, son reflejo de estas decisiones. Aunque sea así, seguimos
atentos a los estándares que como sociedad nos establecimos, catalogando
el calibre de las personas, dependiendo del rol y el medio donde se
sientan cómodos desplazándose. Con el transcurso de los tiempos, nuestra
imagen personal sobre algunas personas fue cambiando conforme las
nuevas tecnologías comenzaban a abrirse paso. El libro, el periódico, la
radio, la televisión, se convirtieron en los niveles de relevancia que
la sociedad veía a las personas. El maestro, el doctor, la enfermera,
tienen una relevancia mayor en la sociedad, pero sólo en papel porque
nosotros somos más apegados a todo lo audiovisual y una sola imagen no
nos basta. Extrañamente, la importancia que se le da a un doctor está
totalmente ligada a la necesidad que tenemos de estar sanos haciendo de
su rol, un rol eventual por necesidad.
Haga memoria, querido
lector, y conteste esto: ¿cuántas personas que usted no conoce, admira?
¿Cuántos actores o actrices usted piensa que son las personas ideales
para llevar una relación? En efecto, somos capaces de establecer lazos
afectivos con sólo conocer una imagen. Esa imagen es nuestra impresión
sobre una persona que nunca en nuestra vida hemos visto y que
posiblemente nunca en nuestra vida vamos a conocer. Pero no dejamos de
ser humanos, no dejamos de desarrollar lineamientos dependiendo de la
imagen que se nos presenta. Qué es correcto y qué es incorrecto, qué es
bello y qué no lo es, qué es ser maduro y qué es ser inmaduro, qué es
ser exitoso y qué es ser un fracaso. Todos tenemos imágenes personales
sobre esos temas, pero somos un animal social y nos gusta juntarnos con
otras personas, lo que hace que esas imágenes se compartan con los demás
que, por algún azar del destino, terminaron viviendo cerca de nosotros.
Podemos acusar a las nuevas tecnologías de “jugar con nuestro
pensamiento”, pero en realidad, absorbimos esas nuevas tecnologías al
grado de depender de ellas. Claro, dependiendo de la necesidad que
necesitemos. Son nuestra salida de la realidad, nuestra ventana a la
información o nuestro punto de encuentro. Lamentablemente, toda ventaja
tiene una desventaja. Los nuevos medios tienen la ventaja de “estar
ahí”, pero son objeto de crítica ante la pereza que genera en el
usuario. Este tipo de pereza puede ser física o mental, desde el no
trasladarte a un lugar a investigar, no moverte de tu asiento para hacer
diferentes cosas hasta el no pensar en la situación hasta que se nos
presenta de alguna manera en televisión, un posteo de Facebook o un
tweet. No indagamos, no buscamos más. Vemos como verdad absoluta lo que
se nos presenta en el monitor y al mismo tiempo trabajamos en la imagen
de la persona que nos presenta la información, sumando o restando puntos
a la imagen mental que tenemos de él, a su avatar mental.
Toda
mi vida he jugado videojuegos, desde Mario Bros. hasta World of
Warcraft, por lo que estoy naturalizado con el termino avatar. En este
medio, el avatar es la forma en que nos presentamos en este mundo
virtual, presentándonos como en realidad somos o trabajando en un
personaje ficticio que no tiene ni el menos parentesco a tu imagen real:
estilo de peinado, complexión, raza, sexo, altura, peso… todas las
posibilidades que el programa te permita. Pero, ¿qué implicaciones tiene
este cambio de imagen? Todo depende del cristal con que se mire.
Hemos sido testigos de la inquisición selectiva de los noticiarios
contra lo que no entienden o lo complicado. Generalizar que los
videojuegos, la música, el cine, las series televisivas, Netflix, los
contenidos de internet son los principales factores que construyen el
comportamiento de una persona es, en parte, una ideología errónea. Estos
factores pueden afectar pero, en mi punto de vista, la problemática
principal reside en la interacción que tenemos en nuestra sociedad.
Permítame proponerle un juego. Primero, observe su perfil en la red
social que más le guste o la que use la mayor parte del tiempo. Observe
su foto de perfil, lea algunos posts que haya puesto, ahora lea los
comentarios. ¿Encontró alguno malo? ¿alguno grosero? ¿alguien se burló
de usted? Si es así, permítame decirle que lo siento mucho. Ahora,
suponga usted que le presento un mundo donde puede ser lo que hasta el
momento no ha podido. Donde puede hacer y decir lo que guste sin que
nadie le diga nada, sin preocupaciones, arrepentimientos, no miradas de
desaprobación en la oficina la mañana siguiente. Un juego donde usted
puede generar rumores acerca de una persona y salirse con la suya sólo
por un momento de risas. Donde puede burlarse de los comentarios, del
físico o de las decisiones de las personas por el simple gusto de decir
lo que se le venga en mente o por querer lucir divertido. ¿Le gusta la
idea? Permítame decirle que todo esta al alcance de hacer un nuevo
perfil. Así es, en las nuevas tecnologías de comunicación podemos ser lo
que queramos presentar.
Las redes sociales, son un elemento de
nuestra vida diaria que permeo dentro de nuestro día a día y al igual
que las nuevas tecnologías, no se presentó el momento para aprender a
usarlas. Su influencia es alta a comparación de otros medios. Ya no
creemos en la televisión, en los noticiarios; pero si esa noticia tiene
suficientes likes o a sido compartido por muchos usuarios, entonces es
verdad, aunque según Joseph Goebbels “Una mentira repetida adecuadamente
mil veces se convierte en una verdad”. Posiblemente, el común
denominador de lo que vivimos diariamente frente al monitor.
Como el sucesor directo de la televisión, el internet y con él las redes
sociales, estos presentan los acontecimientos que se dan en el mundo.
Tomando en cuenta que en los noticiarios, de cada 10 sucesos sólo nos
informan de 1 ó 2 en un corto periodo de tiempo donde se tiene la idea
de que toda información presentada tiene un nivel de falsedad para
mantener un estado de tranquilidad en la sociedad que la observa, el
internet presenta una ilusión patrocinada por una ventaja de la
tecnología que usamos para poder conectarnos: la transmisión de
información en tiempo real.
En su artículo de opinión, Rubén A.
González, aclara que “…gran parte de los contenidos que circulan en
estos sitios son generados por los propios usuarios, y al no haber
ningún tipo de filtro o mediador, literalmente cualquier persona puede
subir lo que quiera; sea cierto o falso, útil o inútil, adecuado o
inadecuado.
El problema se agrava cuando la mayoría de quienes
integran dichas comunidades virtuales carece del más mínimo criterio
para evaluar la veracidad de los mensajes que recibe y comparte. Es
decir, un usuario desinformado es alguien crédulo y, por tanto,
susceptible de ser manipulado. Si a eso se le suma el ya existente – y
más que justificado – malestar social, el rumor se convierte en la mecha
que detona situaciones como los recientes atracos a diferentes tiendas
departamentales y súper mercados.
Ante el panorama oscuro del rumor,
es necesario contar con información veraz y oportuna. Para lo cual, se
requiere que los usuarios sean un poco más críticos con los contenidos
de sus redes sociales. Esto significa, entre otras cosas, no compartir
nada, ni actuar de inmediato, sin antes verificar que los datos
provengan de una fuente confiable (medios de comunicación serios,
autoridades gubernamentales, ONGS…).
Las redes sociales, como
cualquier otra tecnología, no son ni ‘buenas’ ni ‘malas’ por sí mismas.
Por el contrario, dependen íntegramente del uso que se les dé…”.
Esto aunado a la imagen de credibilidad que le inyectamos a la idea de
la persona que estamos leyendo, aumenta la sensación de bienestar que
tenemos al saber algo de ese personaje, del cual no sabemos si lo está
escribiendo el o ella misma, o un encargado de redes sociales. Pero no
nos aseguramos de quien esta detrás de la otra pantalla, creemos
fervientemente en la imagen que se nos presenta en el perfil, en ese
lineamiento de belleza, inteligencia, madurez, creatividad, juventud,
sencillez…
Idealizamos a la imagen, a los signos, a los elementos
que creemos parte de un todo, ayudados por la tecnología que nos
presenta, nos reafirma y nos disciplina a seguir con el miedo de ser
atacado desde el lado del anonimato y en los peores casos, desde el
teclado de personas que son parte de tu red pero no comparten y repudian
tus ideales.
Al final, las redes sociales no nos moldean, pero
si presentan una realidad que escondemos de nuestro ser. En su
entrevista con el periódico El País, el sociólogo Zygmunt Bauman dijo
“La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado
a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea
una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es
un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú
perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir
amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te
relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la
gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es
tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades
sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu
centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener
una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las
dificultades, involucrarte en un diálogo… Las redes sociales no enseñan a
dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa
las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al
contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el
único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son
los reflejos de su propia cara…”
Algunos dicen que nos
idiotizamos con las redes sociales. Pero, ¿por qué no hacerlo al hacer o
ver un buen avatar social? Ese es el poder que le damos, al final, un
avatar es “encarnación de un dios” ¿Por qué no idolatrar a los nuevos
dioses que las redes sociales presentan?