Capítulo uno
Pesadillas
“¡No hay nadie!, ¡vámonos!"
Me levanto sudando otra vez en la noche. No he podido dormir. Las pesadillas siguen llegando una y otra vez, como las olas del mar. La obscuridad que rodea el cuarto no ayuda en mi búsqueda de calma. Viejos fantasmas andan por ahí. Incluso cuando tomo un poco de agua del vaso que deje en el pequeño buro de madera clara, siento el tacto de una ligera corriente de aire que sin permiso alguno se permitió entrar por esa ventana que siempre olvido cerrar en mi baño.
Por fin logro calmar mi respiración. Una intensa luz blanca inunda mi habitación. Ese relámpago me ayuda a revisar su había alguien más en mi cuarto. Al no ver a nadie, cierro los ojos e intento volver a dormir, recostando mi cabeza en esa almohada fría. Sólo hay una idea en mi cabeza: odio cuando llueve. Odio la lluvia, los truenos, los relámpagos, los fuertes vientos fríos que anuncian la aproximación de la muerte. Los odio desde ese día.
La tormenta empeora. Será una larga noche.
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Un día normal para todos, menos para mí. Es mi cumpleaños y después de la guerra, me quedo claro que debía hacer algo. Debía conocer el mundo. Estuve en una guerra mundial y no sabía cómo era el mundo. Esto se acabó, debía conocer más que mi hermosa Escocia. Por eso, decidí ir a Londres, a su embarcadero, a el único lugar donde podía encontrar una excusa para salir y conocer más de la vida. Mi padre era un pesquero de río, cuando supo que quería ser marinero, sus lágrimas brotaron y me invitó un trago. Esa emoción no la compartían ni mi madre ni mis hermanas.
Pero aquí estoy. Caminando por las calles empedradas que me cansan en cada paso que doy. Parece que debo hacer más esfuerzo por acomodar mis pies ante el accidentado camino. Trato de ver sobre la gente y comienzo a ver una vela de barco. Por fin, ahora debo seguir las instrucciones de mi padre e ir con el encargado del puerto. Encontrarlo era fácil, según mi padre: solo debo ir a donde hay una fila de hombres. Pase frente a la fila y todos los hombres me veían y secreteaban algo. Yo sabía que era. Mi cabello rojo no era muy bien aceptado. Decian que nuesto color de cabello era como el fuego del infierno y que nosotros no teníamos alma. A mi no me importaba, sólo esperaba mi turno.
Al llegar al final de la fila, un hombre con pelo cano, con pequeños detalles de negro en cabello y barba, ojos cansados como los de un hombre que termina de trabajar, pero al parecer su trabajo era imposible de finalizar, por ciertos ratos parecía que iba a caer de sueño. Me acerque sonriendo pero de forma seca, el comenzó la conversación.
- Su nombre…
- Henry Hodgson
- ¿Fecha de nacimiento?
- 3 de abril de 1900
- Felicidades…
- Gracias…
- ¿Qué hace que un hombre joven de 20 años decida embarcarse el día de su cumpleaños?
- Bueno – esbozando una sonrisa- no quiero estar toda mi vida metido en Wester Gruinards.
- Vaya, un escoses. Ok señor Hodgson, vaya al Talismán Barato y hable con el señor Gardner, el te dará las instrucciones y te presentará al capitán Himmel.
- Muchas gracias, señor…
- No es de tu importancia…
- Ok, Muchas gracias señor No es de tu importancia.
Con una ligera sonrisa, el encargado de puerto me entrega mis papeles. Rumbo a la salida, un marinero habló con una cara de asco.
- No subiré con un sin alma. Nos llevará al infierno
- No -contestó el encargado de puerto- el mar decidirá quién morirá y quién no. Un joven escoces no tiene esa fuerza.
Sonreí y salí apresuradamente a buscar el bar. A buscar el
Talismán Barato. Con forme me acercaba a donde me dijeron que se encontraba, un frío me comenzó a enchinar la piel. No era un frio de lluvia, ya estaba acostumbrado a eso en casa. Era un frio diferente, uno que me alertaba que me acercaba a un lugar prohibido, un lugar maldito. Si, soy un hombre supersticioso.
Vi un calendabro a lo lejos y la luz anunciaba el nombre del lugar. Abri la puerta y a nadie volteo a verme, todos estaban totalmente embebecidos por una joven que se encontraba arriba de una mesa cantando. Una mujer que no pertenecia a el lugar. Una mujer que podría ir a misa sin ninguna necesidad de confesarse. La pureza estaba en esos dos ojos color verde que sobresalían de su rostro por su color moreno claro. Su pelo, enchinado pero recogido se mantenía en su lugar a pesar de su movimiento. Ella era una sirena que con su canto te llevaba a, al parecer, el peor lugar de la ciudad. Dejé que todos siguieran sucumbiendo a su encanto. Caminé hacia el cantinero y pregunté por el señor Gardner, el cantinero de pidió a una mesera que me acompañara a la mesa donde se encontraba…