Otra noche extraña en San Francisco. La belleza de la luna llena queda opacada por las nubes de lluvia que han tomado la tarea de tratar de inundar la ciudad. Caminando entre las calles se encuentra Joseph Wright, un tipo inteligente tiene los ojos hundidos del color de la madera barnizada. Su lujoso cabello ondulado color café está peinado en un estilo que recuerda a una pila de papeles amontonados en la mesa de algún oficinista. Es alto y tiene una complexión elegante. Su piel es rojiza como la de una persona que descuidó su bronceado. Tiene pómulos altos. Su vestuario es profesional, con mucho azul por su oficio de paramédico. Su caminar por las calles empapadas de lluvia se distingue de entre los demás. Pareciera que nada le importara, como si el diluvio que azotaba esa noche las calles sanfranciscanas no existiera. Pareciera que estuviera paseando en un día soleado. Su rostro no mostraba emoción alguna, caminaba firme e imperturbable como la de un soldado marchando a una batalla sin miedo alguno a la muerte que ronda en el campo de batalla, una situación a la cual se sentía familiarizado desde el día que puso un pie en las playas de Normandía. Las memorias de la guerra lo seguían por el día y por la noche, en sus sueños o en las personas que atendía en cada llamada urgente que recibían en su jornada. Las heridas de bala eran las mismas, la impresión que deja el ver a alguien desangrándose la aligeraba con una simple frase: “Todo bien, galán. Bienvenido a la barbería”. Por alguna extraña razón, esa frase le daba tranquilidad o una pequeña risa a quién la recibía. Siempre con una sonrisa pícara y con un encendedor listo para una plática amena. Nada podía mover esa sonrisa, hasta el día que no pudo salvarla. El día que Lucille murió. Ella era una reportera baja de estatura y con un cuerpo esbelto que siempre portaba un vestido elegante y un collar de perlas, pero lo que hizo que Joseph perdiera su cabeza era el brillar de su cabello dorado y recortado y esos ojos marrones que pasaban de alegre a valiente dependiendo de lo que ella necesitara. Desde la noche de lo que algunos llamaron un simple accidente vial, el se convirtió en un hombre totalmente diferente de la noche a la mañana. Su sonrisa cambió a un rostro sin sentimiento alguno ante cualquier situación que la ciudad le entregara cada día o noche, siendo la combinación de esta última lo que hacía que ningún otro paramédico quisiera trabajar con él. La actitud “el que murió, murió” de los médicos de combate en Europa habían llegado a su día a día. Sin Lucille, Joseph perdió el rumbo. Se quedó sin un puerto donde embarcar cuando las cosas estaban mal. Su trabajo se volvió en un grado descuidado, como si no tuviera miedo al peligro que lo acechaba cada turno que trabajaba. Esa era la vida que decidió seguir.
Joseph decidió cambiarse a un lugar un poco más cercano al hospital donde trabajaba, el Mercy Medical Center; encontrando una pequeña casa en la calle Robin. La casa que tenía planeada para vivir con el amor de su vida. Vendió todo mueble que había comprado para ella, dejando pocas cosas para pasar sus días. La cerradura hace el ruido que anuncia la rendición de su bloqueo, abriendo la puerta para dejar pasar una figura fría y mojada. Arrojando su ropa en la entrada, Joseph pone llave a la puerta y camina hacia la cocina. Basura con restos de comida china saturan la mesa mientras el causante de esa sobrepoblación de inmundicia prepara la cafetera. El silencio de la casa es quebrantado por el anuncio del teléfono. Joseph lo observa por unos momentos mientras decide si contestar o no la llamada que interrumpe su soledad. Vió su reloj. Las 3:33 de la mañana. Algo debió pasar.
- Diga…- contestó al auricular con un cierto aire de desprecio.
- ¿Joe?¿Joey?
La voz lo aturde, una voz que reconoció inmediatamente. Una voz que lo acompañó en los momentos más oscuros en la guerra.
- ¿Simmons?
- ¿Cómo va la barbería, hermanito?
- ¿Cómo me encontraste?
- Hey… te dije que iba a cuidar de tus 6.
“Cuidar tus 6…”. Una frase que los militares usan para decir que están cuidando tus espaldas. Un grupo de palabras que liberan la tensión de cualquier persona en combate, un salto de fe al tener total confianza en la persona que está a tu lado. Y si Joseph confiaba en alguien, toda la confianza que tenía en su cuerpo era dirigida hacia su hermano en armas, Eric Simmons. Pero ese era el viejo Joey.
- ¿Volviste a agarrar la botella, Simmons? ¿Qué te hizo buscarme a estas horas? ¿Las ovejas volvieron a salir “solas” del corral? ¿O ya llegaste a ese paso donde incomodas a todos diciendo el mal hombre que eras pero ya no?
- Vaya...Tal vez sería mejor que me acompañaras a una que otra reunión, hermanito. Tienes mucho odio en tu corazón.
- Ooooh, ¿después de tanta sangre en tus manos, volviste a ser un hombre de Dios?
- Jajajajaja. No, hermanito. Ya sabes a donde tengo entrada directa el día que me vaya de este mundo. El motivo por el cual te estoy molestando a estas horas es porque necesito que vengas a casa por el festival del pueblo.
- Si ocupan asistencia médica, llamen al Mercy. Ellos les enviarán ayuda. Buenas noches, Simmons.
- Ella está aquí, Joey.
- ¿Quién?
- Lucille...
El silencio llenó la llamada, El sonido de la lluvia y los relámpagos desaparecieron de toda percepción de Joseph.
- Pensé que era una casualidad cuando leí el nombre -continuó Eric- pero algo me hizo ir al centro de Cragbury, algo me llamaba a ir. Cuando menos lo pensé, estaba en el centro del pueblo sonriendo por los anuncios. Ahí la vi, Joey. Su pelo dorado, más largo pero sus ojos eran los mismos. Me miró y me saludó como si me hubiese reconocido. Cuando la busqué, ya no estaba Joe, como si hubiese desaparecido. Era ella Joey… era ella…
- Si esto es una broma, maldito hijo de perra… haz ido muy lejos.
- Necesito que vengas, hermano. El pueblo es diferente. Las cosas cambiaron después de que te fuiste. Y ahora… Ella está muerta Joey. Está muerta y me saludó. No he tomado nada, Joe. Estoy limpio. Te lo prometo por mi madre.
Joseph estaba mudo ante el llanto de su amigo. ¿Acaso Eric estaba mintiendo? Él sabía que después de la guerra, Eric se hizo cargo de la granja familiar pero estuvo a punto de perderla por el alcohol. Eric necesitaba beber para no pensar en esa pesadilla a la que se enfrentó junto a sus hermanos en armas. Pero las memorias eran mucho para él. Siempre recordaba la última plática que tuvo con el padre de Eric, como le dijo que le preocupaba lo que su hijo decía ebrio: “veo sus ojos, puedo sentir su miradas”. Creía que estaba perdiendo la razón. Pero estaba muy equivocado. Su padre no sabía qué era el trauma que los soldados sufrían en batalla. Si alguno decía no tenerlo, era un maldito mentiroso. Quitar una vida te robaba humanidad, matar a otro ser humano te despoja de una fracción de tu cordura. Pero a nadie le importaba eso. Ellos eran héroes y los titanes no sufren de ningún mal humano, eran semidioses que sufrían en secreto.
- Un cadáver no saluda, Eric. Los muertos no vuelven.
- Y si volvieran… ¿Serían capaces de perdonarnos, Joey?
- No lo sé, Eric. En realidad, no lo sé. - le contesta a su amigo mientras se sienta al lado de la pequeña mesa donde había colocado ese teléfono gris del estilo que tanto le había hablado la mujer que decidió volver de la muerte.
Los rayos de luz de un nuevo día encuentran el rostro de Joseph que se encontraba dormido en el sillón. Se incorpora y ve a su alrededor para encontrar una mesa volteada y el teléfono tirado en el suelo. lentamente recoge todo y lo pone en su lugar. ¿Acaso todo fue un mal sueño? Camina hacia la cocina y el olor de la comida china empezando su proceso de putrefacción lo detiene. Se da cuenta que todo lo ve de forma diferente. ¿Cómo pudo mantener ese nivel de descuido? Camina hacia el gabinete y lo abre para sacar un paquete de bolsas para la basura, comienza a llenarla con los remanentes de comida para llevar hasta que se detiene para observar dentro de uno de los cubos que el restaurante chino usa para enviarle comida. Un grupo de larvas de mosca comen los residuos mientras una lucha por salir. Te encuentras en un lugar donde todos hacen lo que se supone que debes hacer, pero aún así hay quienes no están de acuerdo con su rol en la naturaleza. Se te presenta un falso sentimiento de libertad con la que vives sonriendo desde que despiertas hasta que duermes pensando en lo hermosa que es la vida. Pero hay quienes ven más allá y desean salir de la cotidianidad mientras los demás los ignoran y se comen la porción que le tocaba a aquellos inquietos que bajo la etiqueta de tontos quieren ver que hay más allá del cubo. Esa era la inquietud que comenzaba a desbordar en Joseph. Tal vez él era ese pequeño gusano que se cansó de seguir a los demás en la inmundicia que presentaba la gente de San Francisco y la esperanza de volver a ver a su amada Lucille lo invitaba a salir del lado putrefacto de la ciudad.
Joseph se encuentra en la entrada del Mercy con una mirada que refleja duda sobre sus acciones. Entra a la oficina del jefe de personal sin tocar a la puerta, viendo fijamente a los ojos del encargado. Mueve una silla y se sienta en ella y ante la sorpresa del encargado, el viejo Joe aparece frente a él.
- Muy buenos días, Benedict. ¿Cómo estás el día de hoy? ¿Ya desayunaste? ¿Cuántas tazas de café llevas?
Benedict observa suavemente a Joseph con sus ojos verdes que logran el cometido de evitar que cualquier persona que se encuentre con él note la ropa gastada.
- Buenos días, Joseph. En ese orden: estoy ocupado cómo todos los días atendiendo las necesidades de los que trabajan en este hospital; sabes que no he desayunado y respecto a la cantidad de tazas de café que he tomado, no son las suficientes para soportar tu irrespetuosa entrada. ¿Qué necesitas, Joseph?
- Vengo por cortesía profesional, Benny. Me ausentaré unos días para atender algunos asuntos familiares en el viejo Cragbury.
- Ohhh. ¿Con que vienes del Nuevo Paraíso?
- ¿Disculpa?
- Ya sabes, el Nuevo Paraíso. Así lo han llamado después que algunas familias decidieron invertir en el pueblo. ¿Hace cuanto no has ido a visitar a la familia?
- No lo suficiente, al parecer.
- ¿Escapando de los problemas, pequeño Joey?
El cuerpo de Joseph se estremece como si una corriente eléctrica pasara por su cuerpo. El tono de voz de Benedict cambió como su rostro. Su presencia, su rostro, ambos irradian un frío malicioso.
- ¿Qué?
- A los problemas no les gusta que los veamos con atención, Joey. Ellos saben que si les ponemos atención, aunque se sientan adorados, podemos llegar a resolverlos, ellos no soportan nuestras miradas, no soportan cuando se les vierte un poco de luz… Joseph… Joseph… ¡Joseph!
Joseph sacude su cabeza al escuchar a Benedict gritar su nombre. Benedict se encuentra a su lado, poniendo su mano sobre su hombro para moverlo.
- ¿Qué pasó?
- ¡Me diste un gran susto! Te quedaste catatónico después de preguntarte desde hace cuanto tiempo no habías vuelto a Cragbury. ¿Estás bien?
- Si… lo siento… no me he sentido bien.- dijo Joseph utilizando esa sonrisa pícara como herramienta para engañar a cualquier persona.
- Estás muy raro, Joseph. ¿Estás tomando algo? Perdona que te lo diga tan directo pero desde que llegaste, siempre te has comportado como un imbécil con todos. ¿Y ahora sonríes? ¿Qué te está pasando?
- Tal vez… tal vez quiero salir del cubo.
- Haz lo que tengas que hacer, Joseph. Pero después ve y busca ayuda. Creo que todo está asentándose después de la gran cantidad de traumas que has pasado. No puedo tenerte en una posición de estrés si estás a punto de reventar. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
- Wilco -responde Joseph sonriendo y haciendo un movimiento con la mano simulando el de disparar una pistola.
Al abandonar la oficina, la sonrisa altanera de Joseph vuelve a convertirse en el rostro que siempre había presentado desde el día que lo contrataron en el hospital. Camino a su casa, Joseph comienza a perderse en su propio pensamiento. ¿Qué está pasando? ¿Por qué está cambiando su personalidad de un momento a otro? Es como si su cuerpo fuera un vehículo que reacciona a quien decida tomar el volante dependiendo de la situación. Esto no era nuevo. Joey estuvo en la guerra, Joe fue el que decidió aventurarse a California y Joseph era ese villano del cual Benedict le disertó. ¿Quién decidía el rol de juego? ¿Acaso era él el que escogía la careta con la que saldría a escena?
El teléfono sonaba mientras que Joseph trataba de abrir desesperadamente la puerta de su casa. Echando una carrera, toma el auricular contestando la llamada falto de aire.
-¿Bueno?
-¿Joey? ¿Todo bien?
-Si, Eric. Sólo que me encontraste entrando a la casa.
-Disculpa me. Sólo quería saber si decidiste venir a casa.
-Si, acabo de pedir permiso en el trabajo. Tal vez sea una bendición en disfraz y el tiempo me sirva para descansar un poco la mente.
La llamada es interrumpida por los tonos que anuncian que alguno de los lados colgó antes que el otro. Joseph observa momentáneamente el teléfono y cuelga para dirigirse a la habitación y armar su vieja mochila de combate, ahora convertida en una mochila de viaje, cuando el teléfono vuelve a sonar.
-Parece que las líneas siguen malas a pesar de que están invirtiendo en el pueblo -bromea Joseph- Como te decía, sólo debo armar la mochila y…
-Será un gusto verte de nuevo,Joe.
La conversación se interrumpe por la voz de una mujer. Joseph deja caer al receptor y cae sentado en el piso. La posibilidad de encontrar a Eric mintiendo sobre su abstinencia al alcohol desapareció como momentáneamente desapareció la razón de la mente de Joseph. Era ella. Su voz inconfundible. Era Lucille.
-¿Estás ahí, amor? Pareciera que viste un fantasma. Me da mucho gusto que vengas a casa. Tus papás te estarán esperando. Así como yo. Te veré el sábado en el gran roble que está en el centro del pueblo. Te amo, Joe. Nunca lo olvides, héroe.
Los tonos del teléfono parecen inundar la sala. El cuerpo de Joseph no deja de temblar, como si se encontrara desnudo ante el frío europeo. Pone su atención a sus manos llenas de sudor y temblorosas. Sólo a ella le permitía llamarlo héroe porque si ese título provenía de otra persona, como cualquier soldado que volvió de batalla, sentía que era un insulto a quienes no volvieron. Pero esta vez, ese sentimiento llenó de miedo su mente y con la respiración agitada se dió cuenta que ella había vuelto. Pero… ¿cómo?. Sus pensamientos vuelven a contemplar la realidad ante el sonido del repique del teléfono. Joseph observa el aparato mientras este suena sin cesar y a la misma velocidad a la que una gota de sudor baja por su frente, él extiende su mano descolgando.
-¿Eric?
-¿Por qué colgaste, hermano? -Escucha del otro lado de la línea, ofreciéndole un grado de tranquilidad- Sólo te pregunté si tenías un lugar donde quedarte. La casa de tus papás va a estar sucia y desarreglada pero todavía tengo la llave si quieres que la arregle un poco. Está la vieja casa de invitados del pueblo por si quieres entrar en acción inmediatamente. Pero si quieres, puedes quedarte en la granja, aquí hay suficiente espacio y sería nuestro cuartel general. ¿Qué opinas, hermanito?
-Tal vez sea buena idea que estemos juntos en esto, Eric.
-Pero tengo que avisarte de algo, Joey
-¿Qué pasa?
-Algo muy importante
-¿Qué es?
-Sigo roncando.
Ambos estallan en carcajadas, una imagen remanente de los viejos tiempos. Un destello de luz en un momento donde la realidad comenzaba a perder su batalla contra lo desconocido. Un pequeño momento para recordar que a pesar de la obscuridad de las situaciones, hay pequeños fragmentos de nuestras vidas que pueden iluminarnos el camino.
-Te veo en unas horas, Joey.
-Roger… Nos vemos en unas horas.
Los viajes en general son cansados. Camión, barco, avión; todo tiene un desgaste, tanto físico como mental. El paisaje se convierte en un ungüento para el dolor de espalda por una mala posición, las piernas entumecidas por la falta de movimiento o los cuellos adoloridos por la tortícolis causada por la mala postura o los movimientos bruscos que cualquier vehiculo no esta exento de sufrir. En ocasiones las ventanas de los transportes se encargan de fungir la misma tarea que los marcos de las fotografías, encuadrando imágenes que llegan a proyectar recuerdos. Joe estaba perdido en el paisaje que presentaba un gran plantío de uvas que parecía no tener fín. Recordaba aquel tiempo en que él y su equipo pasaron por el pueblo de Champagne en Francia. La belleza de las zonas productoras no permitía ver el terror que los alemanes vertían en la población y los trabajadores. Su escuadra estaba compuesta por el sargento Jeremy Bell de Bellevue, Washington; Eric, Ethan Cook de Cleveland, Randy Watson de Lansing, Michigan y Joseph, el médico del equipo. Usualmente cada escuadra no tiene un médico personal, pero desde una situación en Caen donde, a pesar de ser médico, Joseph tuvo que tomar un arma y defenderse, Desde ese día, él quedó añadido a la escuadra del sargento Bell y durante toda la guerra nadie los separó. Después de recibir la orden de moverse a Sarreguemines, el equipo se encontraba caminando entre los pequeños senderos de la plantación.
-Sargento, ¿por qué Jerry no destruyó estos plantíos?
-Se llaman viñedos, Randy.
-Me importa un carajo, Joe.
-Resulta que los teutones cuidaban estos viñedos porque a nuestro amigo Adolfo le gusta mucho el vino francés, Watson. Incluso lo considera un tesoro.
-Entonces… ¿podemos llevarnos unas cuantas cajas?
-Negativo, Watson.
-Podrían servir de algo, sargento.
-Mencione alguna utilidad por la que un pequeño equipo de ataque debería cargar con más peso y perder movilidad, Wright.
-Podrían servir como antiséptico y como morfina, porque ya se nos está terminando.
-Te dije que no ayudaras a los de la compañía D. Son unos maricas.
-Un médico de batalla debe atender a cualquier herido de su ejército sin importar las percepciones que los demás tengan, ¿no es así, Wright?
-Exactamente, sargento. Incluso con gente estúpida como la de esta escuadra, señor.
De la nada, Cook levanta su puño y se arrodilla apuntando mientras está en una rodilla hacia al frente mientras que el Sargento Bell se mueve rápidamente hacia él.
-¿Qué ves Cook?
-Nada, Sargento. Pero escucho ruido de este lado donde está ese edificio.
Con señalamientos, el sargento envía a Joey y a Eric a flanquear el lado izquierdo, manda a Watson a la derecha para cubrir una posible escapatoria con su BAR y él junto con Cook siguen lentamente directo hacia el edificio. Al llegar al edificio, pueden observar a hombres y mujeres moviendo cajas de vino rápidamente a un grupo de carretas tiradas por caballos. A su señal, la escuadra sale apuntando a las personas.
-¡Alto!, ¡levanten sus manos!
-Ne tirez pas!!! Nous ne sommes que des travailleurs qui voulaient profiter de l'agitation pour acheter des bouteilles! - Contestó un hombre de pelo corto y plateado, ojos verdes y orejas pequeñas. Lleva un pantalón gris con unos tirantes negros acompañados por una camisa blanca desgastada y unas gafas con bordes dorados. Él parecía supervisar toda la operación.
-¡Wright!
-¡Si, sargento! - responde Joseph acercándose al grupo de oportunistas.- Que dites-vous qu'ils font?
-Nous voulons juste prendre des bouteilles pour que nos familles puissent manger
-Dicen que sólo se llevan algunas botellas para venderlas y que sus familias puedan comer
-¿Ellos trabajan aquí? ¿La producción es suya?
-Travaillent-ils ici? Les bouteilles sont-elles à vous?
-Non. Les propriétaires sont morts il y a quelques semaines lorsque les Allemands ont réalisé qu'ils nous nourrissaient. Prenons quelque chose à vendre ou à échanger, s'il vous plaît. Nos familles en ont besoin. Nous avons des enfants!
-No trabajan aquí. dicen que los alemanes mataron a los dueños murieron hace unas semanas cuando se dieron cuenta que nos estaban alimentando. Piden que los dejemos llevar las botellas para poder venderlas o cambiarlas por comida. Al parecer tienen niños con hambre.
-Dios mío - murmura Eric mientras ve los rostros de las personas que estaban en la bodega. Sus cuerpos débiles acompañaban sus rostros que reflejaban el sufrimiento que vivieron todo ese tiempo.- Esta guerra es el infierno. No podemos dejarlos así, sargento.
-Lo sé Simmons, pero tampoco podemos dejar que se roben las botellas. Son de alguien más.
-Los muertos no toman vino, sargento.
-¿Qué propone entonces, cabo Cook? ¿Qué hagamos como que no vimos nada?
-No sargento, si vimos algo. Vimos un plantío de uvas tan hermoso que nos perdimos de ver otras cosas.
-Un plantío sumamente hermoso - dijo sonriendo Randý- Pero Cook… creo que le llaman viñedos.
-Oooh, una disculpa.
-Muy bien, si vamos a corte marcial por esto, espero que nos pongan juntos para golpearlos todos los días. Wright, dígales que se apuren porque otros vienen y no son tan humanitarios.
-Sí, sargento.- Joe voltea a ver al líder con un rostro preocupado- -Prenez ce que vous pouvez mais soyez rapide. D'autres membres de notre armée sont en route et ils ne sont pas humanitaires.
-Merci. Ils nous ont sauvé la vie. Tout le monde, vite!
El equipo se despide del grupo de recolectores. A medio camino escuchan el grito de una mujer acercándose a ellos.
-Monsieur!!!, monsieur!!!
Era una joven con una cara redonda que mostraba las marcas sufridas por la desnutrición, con su cabello dorado enredado y ojos azules. Lleva un vestido estampado muy maltratado. Va corriendo tras de ellos con algo entre sus brazos. Al llegar con ellos, distinguen que en sus brazos estaban 4 botellas de vino.
-Merci pour tout. Ils nous ont sauvé la vie.
-Fantástico. Ahora somos cómplices.
-Calma, sargento. Ce n'est pas nécessaire. Nous ne faisons que la bonne chose.
-S'il vous plaît. C'est la seule façon dont je peux vous remercier. Ce sont des bouteilles de mon lot.
-No todos sabemos francés, Joe.
S-on botellas del lote que le corresponden. Dice que es la única manera en que puede agradecernos.
-Tal vez haya otra manera…
-Intente hacer algo indebido, Watson y yo mismo seré juez, jurado y ejecutor de sus acciones.
-Lo que usted diga, sargento…
-Wright, haga lo necesario, ya vamos cortos de tiempo.
-¡Lo tengo! -Exclama Joseph mientras busca en su maletín médico algunas cosas y se las muestra a la joven- Je m'appelle Joseph. Je suis le médecin de l'équipe. Je ne peux pas accepter les bouteilles, mais je peux les échanger contre ceci: sulfadiazine, antibiotique et morphine contre la douleur. On fait l'affaire?
Eric estaba viendo a lo lejos sin entender las palabras que Joseph decía, pero percibía las buenas acciones que su amigo estaba haciendo. Las enseñanzas bíblicas que sus padres inculcaron en él de pequeño eran parte de su forma de conducirse en su vida y el “ amar a tu prójimo como a ti mismo” le ayudaba a disminuir la tensión causada por uno de los mandamientos: No matarás. Eric camina hacia la pareja que se encontraba negociando.
-Es hora, hermanito.
-Lo sé. Avons-nous un troc?
La chica sonríe y le ofrece las botellas a Eric que sin entender las toma para poder tomar los medicamentos que Joe le ofreció como cambio.
-Fait l'affaire. Je m'appelle Séléne. Ravi de vous rencontrer.
- C'est Eric- Dijo Joe señalando a su amigo, a lo que Eric simplemente hizo una pequeña reverencia mientras acomodaba una de las botellas en su mochila- J'espère que nous pourrons nous revoir.
-Moi aussi. Merci beaucoup... pour tout
Después de despedirse, la joven volteó repentinamente. Con un rostro que reflejaba tensión.
-Soldats? Soyez très prudent, il y a quelque chose de lâche sur le terrain. Ce ne sont pas les Allemands. C'est quelque chose d'obscur qui a été libéré par les morts. Cela fait des hommes la pire version d'entre eux. Que la Lumière vous guide, Joseph et Eric. Que la Lumière vous protège.
La mujer se retiró rápidamente con su gente mientras que Eric seguía ocupado con las botellas. Pero Joe estaba atónito ante las palabras de la joven.
-Entonces… ¿Tenemos menos medicinas, hermanito?- las palabras de Eric despejan la mente y Joe y esto voltea sonriendo.
-No, solamente las cambiamos de presentación. Ya encontraremos donde abastecernos. Siempre lo hacemos.
-¿Qué más te dijo?
-Que la Luz nos cuide.
-Amén a eso.
-Ahí vamos de nuevo…
-Un día entenderás todo, Joey y nos acompañaras al servicio dominical
-Ooooh, yo nunca me pierdo un servicio dominical.
-En la iglesia, Joey, no con Pete’s.
La última frase de Eric llega a oídos del sargento cuando los dos soldados rezagados alcanzaron a su líder de equipo.
-¿Qué es Pete’s? - preguntó mientras negaba ligeramente con la cabeza al ver una botella en manos de Joseph.
-Es un comedor que está en nuestro pueblo, sargento. Lo maneja un judío polaco llamado Piotr Nowak, refugiado de la primera guerra. Nadie se queja de que no vaya a la iglesia, porque él se queda preparando todo para cuando los feligreses salen al festín dominical.
-Vaya, como me gustan las tradiciones de los pueblos chicos- contestaba Watson mientras le quitaba lentamente la botella que Joseph traía en su mano- Cuéntame más de su lugar feliz.
-Sargento, será mejor que destape una de esas botellas -interrumpió Cook- Tal vez sea la única vez que tomemos algo que al Gran Jerry le gusta tanto…
Sus compañeros lo observan con rareza, hasta que lo acompañan a la pequeña colina en la cual Cook estaba explorando el frente. Se encontraban en medio de su pelotón y del ejército alemán que venía a reforzar el frente.
La mirada de Joseph se llena de nostalgia y con su mano se cubre los ojos mostrando un grado de vergüenza, cuando una suave mano mueve el cabello que se posaba en su frente.
-Mi amado Joe. Un caballero de armadura brillante que no puede salvar a las damas.
Joseph golpea la mano que lo acicalaba, poniéndose inmediatamente en guardia, cuando vío de donde provenía el gesto.
-¡Qué violento, amor!
-Tu no puedes ser ella…
-¡Pero lo soy! ¿No puedes reconocerme? Yo si puedo reconocerte, incluso ahora que te quitaste ese bigote que tanto mentía que se te veía bien
-No eres Lucille. Esto es un sueño.
-Y de los que dan mucho miedo amor- Le contesta Lucille mientras, sonriendo, con una mano señala la ventana donde Joseph mantenía su mirada. Joseph volteó esperando ver ese panorama que estaba observando por buena parte de su viaje pero vió envuelto en llamas ese viñedo francés con cuerpos mutilados y desangrados después de una batalla. Joseph puso especial atención a una melena rubia con manchas de sangre y dos ojos azules que sobresalen del lodo y la sangre que cubre el rostro del cadáver de Séléne.
-No pudiste salvarla, amor… La Luz no pudo salvarla. Ja ja ja ja
Joseph queda aturdido ante las carcajadas de Lucille y voltea a encararla dándose cuenta que del lagrimal del ojo derecho de Lucille salía la larva de una mosca. Aterrorizado, Joseph grita. Una mano mueve su hombro de manera violenta. Joseph abre los ojos y ve que los pasajeros lo observan con temor. El sujeto que lo interrumpió de su sueño es el chofer del camión.
-¡Eh, amigo! ¿Tomó algo antes de subir?
-No… no, señor - contestó Joseph buscando su pañuelo para secarse el sudor- sólo fue un mal sueño, señor.
El chofer distingue el sonido de pequeñas placas de metal chocando una con otra y lleva su mano al pecho de Joseph, sacando sus placas de identificación militares.
-¿Cuando volviste, soldado?
-Llegué el 25 de mayo de 1945,señor.
-¿No te gustó la idea de unas vacaciones en una isla tropical?
-No señor, creí que ya era hora de volver a casa.
-¿Me puedes mostrar tu boleto, soldado?
-Sí señor.
Joseph busca entre su ropa y le extiende un boleto mojado en sudor al chofer.
-Lo siento mucho señor.
-No te preocupes- contesta el chofer mientras trata de descifrar lo que dice el boleto- ¿Vas a Cragbury?
-Si…
-Entonces… Bienvenido a casa, hijo...
10:11 p. m. |
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