En la oscuridad de un teatro, se vive un sentimiento inusual para lo que se está viviendo. Aun con sus años, la sola presencia del Teatro Ocampo impone desde su entrada. Una pequeña y descuidada araña de luz que ilumina la entrada y lucha por darle brillo al obscuro, maltratado, desgastado y sucio piso café que reciente el paso de todos los asistentes. Un lobby con escaleras curvas a cada lado, dando oportunidad de tener una mejor vista hacia el escenario. Un teatro con una estructura muy peculiar pero interesante: paredes de cantera clara que refleja la luz cuando esta existe, escenario con base de madera un poco gastada con el tiempo pero resistiéndose a verse mal y cortinas de terciopelo gastado pero sin perder su brillo.
Primera llamada. Señalamiento que los asistentes toman para saludar a sus conocidos, primera llamada para abrazarse, primera llamada para sonreír. Algo interrumpe la camaradería y la pone a prueba contra lo instituido por los organizadores del evento: “queda estrictamente prohibido apartar lugares”. En medio de todo, un niño de entre 6 y 8 años, con gorra azul con un símbolo del Deportivo Cruz Azul enfrente y una playera de Pokemon que demuestra su inocencia pone a prueba lo establecido, apartando un lugar para su hermana que salio un momento. Decidido a no dejar que nadie se siente, se quita su gorra azul y la pone en el lugar continuo. Nadie lo molesta. Su hermana llega. Vestida con una camiseta negra, pantalón de mezclilla, pulseras de piel y metálicas en su brazo derecho y un reloj de Jack en su brazo derecho agrádese con un pequeño zape a su hermano que fungió como guardián de su lugar. Él sólo sonríe y voltea hacia el escenario.
Tercera llamada. La obscuridad se adueña de los adentros del teatro. Gritos y aplausos invaden todo el lugar. Pero no, él no se inmuta, él no muestra reacción. El sigue en el mismo estado que tenía desde la primera llamada: dormido. Desparramado en su asiento, con una chamarra y pants azul, coloca la visera de su gorra de tal manera que ninguna luz lo moleste. La música y los gritos que generan que muchos de los asistentes bailen o de perdida muevan un pie al ritmo, sólo hacen que se acomode a su derecha.
Uno de sus amigos voltea a verlo cuando por algún motivo se despierta.
-¿Cansado?
- ¡Sí, men!. La escuela, las tareas, luego venir para acá…
- Y todavía querías seguir fumando…
Sonríe y se vuelve a acomodar. Pero no duerme. Analiza todo, desde las personas a su alrededor, el escenario, voltea hacia atrás y afirma algún pensamiento propio con la cabeza. Vuelve a acomodar la visera de la gorra y empieza de nuevo su letargo. Alguien lo esta imitando sin saber. El niño, guardián del lugar de su hermana, recuesta la cabeza en el brazo derecho de su hermana. Ella voltea a verlo y con su mano izquierda comienza a rascarle tiernamente la cabeza. Contradicciones naturales de una noche de Blues.
Blues, un ritmo basado en la tristeza, en el color azul que denota soledad, ansiedad y melancolía. Un ritmo que da sueño, más si estas en un estado morfinómano. Alguien lo despierta. Otro de sus amigos lo mueve desesperadamente para anunciarle algo.
- Ahorita vengo, voy al Oxxo. Me avisas si canta la que me gusta.
- Simon, yo te aviso.
Se vuelve a acomodar. Pero ya no puede dormir, por lo que escoge escuchar es música que lo estaba arrullando. Mueve su pie izquierdo al ritmo y con los brazos trata de seguir el ritmo de la batería que se perdía con el sonido de el gran saxofón que se estaba tocando en esa canción. Su amigo vuelve y le pregunta
-¿Ya la tocó?
-No men, todavía no.
Feliz de haber llegado a tiempo, su amigo se sienta y abre una bolsa de Doritos, ofreciéndole a todos los que estaban a su alrededor.
Sin lugar para la exposición de ideas, la falta de apoyo a los músicos, el desinterés de música “base” como el Blues, se escucha un grito desesperado:
- ¡Por favor, consuman todo lo que Michoacán produce muchachos!
- Uuuuu, si supieras men…