Este es un cuento que gusto mucho en mi universidad.

Era Joshua, un joven de complexión gruesa, ojos pequeños pero acompañados por una sonrisa, la imagen misma de la confianza. El amigo de todos, el que cuidaba con esos enormes brazos que aprisionaban todo a todo el cuerpo cuando abrazaban, el de la mirada que producía confianza. 

El estaba agotado después de un día de fútbol y decidió irse a dormir. Empezó a caminar sobre esa enorme casa donde vivía con su mamá, cuando vio el comienzo de esa escalera, la escalera que tanto miedo le daba en la infancia: alta y con escalones muy empinados. 

Pero Joshua era ya un joven valiente que se prometió nunca tenerle miedo a nada. “Cuidado hijo, no mires nunca hacia atrás cuando subes las escaleras”, recordaba Joshua cuando comenzó a subir, era lo que su padre acostumbraba a decir con una voz suave pero rasposa. 

Repentinamente, sitio un gran escalofrió que engendró una gota de sudor. Comenzaba a correr por su frente, besaba su ojo izquierdo, acariciaba su nariz y abrazaba sus labios. Alguien lo había agarrado del hombro izquierdo, pero Joshua no quiso voltear, su papá le dijo que nunca volteara cuando subía las escaleras. 

Todo empeoró cuando la luz se cortó en la casa y el único lugar donde se encontraban las linternas era en la mesita al final de las escaleras y para llegar allí había que subir veinte escalones empinados, muy empinados. 

El quería subir los escalones y tomar una linterna, pero tanto era su miedo que hasta deseó volver a su habitación para estudiar los apuntes que el maestro le dejó para los exámenes. “El miedo hace que uno piense cosas estúpidas” se dijo cuando se dio cuenta de que quería estudiar. 

En eso, la mano lo tomó más fuerte, dejándolo paralizado. Joshua lograba sentir una respiración regular de esa criatura por sobre el hombro derecho, rozándole la oreja y sintiendo una corriente de aire sobre la mejilla. 

El terror no lo dejaba hacer acción alguna, no tenía fuerzas, no tenía esperanzas de salir vivo. 
Al pensar eso, la criatura lo tomó aún más fuerte de su hombro, pero Joshua trato de calmarse y analizar todo el ambiente. Sudando, tembloroso; recordó aquella noche que platicó con la única persona que nunca le demostró miedo: su papá.

— Hijo, ¿Le tienes miedo a la oscuridad? – le preguntó su padre cuando Joshua tenía seis años
— No papá, si quieres, apaga la luz del pasillo.

Pero no, el nunca había podido dejar de tener miedo a la oscuridad, a la falta de luz, a la noche profunda que hace de cualquier tipo de sombra, el peor de los temores. 

Esto era totalmente normal: la casa era enorme, llena de escaleras que subían y bajaban, baños con techos altos, con cuartos que parecían moverse; cada vez que intentaba entrar a un cuarto, Joshua se equivocaba. 
Grandes puertas como las de un castillo, vigas con el ancho de un cuerpo y que sólo mirarlas te hacían pensar que eran extremadamente fuertes. Pero, lo único que era hermoso para Joshua eran esos grandes ventanales que estaban por toda la casa, ventanales que permitían que las primeras luces del sol te despertaran, pero, estando en la completa soledad de una noche de verano, cualquier tipo de demonio, espíritu o ladrón debía sentir la necesidad intensa de darse un festín acechando a alguno de los residentes. 

“Tal vez me ha llegado la hora” pensaba en silencio, mientras algunas gotas de sudor se incrementaban e iban apoderándose de su rostro, axilas y piernas. 

La criatura comenzó a ponerse inquieta, algo molesta, tomando más y más fuerte a Joshua del hombro y agitando su respiración. Joshua pensaba en como escapar, en como lograr salir corriendo, pero siempre se predisponía a lo peor. 

De la nada, algo en el aliento de la criatura resulto extraño: era un mentol intenso tipo pastilla extra fuerte. Joshua no aguanto y comenzó a hablar.

— ¿Qué quieres?, ¡no tengo dinero!, ¡ya lárgate de aquí!- gritaba con toda su alma.
Eso pareció enojar a la bestia, que se acerco más. Al hacerlo, Joshua sintió un fuerte aroma a madera fina, un olor que recordaba, pero no sabia de donde. 

Sus manos ya no le respondían, sus piernas temblaban, no pudo hacer nada más que gritar con todo el aire de sus pulmones.

— ¡Largate, no te tengo miedo!

En ese momento, Joshua sintió como la criatura le susurraba al oído

— Dime, ¿A qué le tienes miedo Joshua?

Sintió en la voz, algo extraño, algo que no comprendía, ¿cómo la bestia habló tan duro y no sentir nada? Pensó en su madre que ya estaba dormida, en como cuidarla, en mentir, en quedarse callado, en hacer una lista de cosas que lo asustaban: la soledad, la oscuridad, el fracaso, el no agradarle una mujer las arañas. Pero cuando quiso hablar, su lengua no reaccionaba por el temor que lo embargaba.

— Vamos... respóndeme- insistía la voz con su tono peculiar, su aliento, su olor y esa mano que no lo le soltaba el hombro.

Joshua junto fuerzas, su pecho se ensancho como un gallo de pelea, generando calor en todo el cuerpo, librándose de esa parálisis. La adrenalina salía de alguna glándula de su cerebro, cambiando la cara de asustado por una cara de guerrero a punto de enfrentarse a su mayor reto. Joshua respondió con un grito seco.

— ¡A nada!, ¡no te temo a ti, no le temo a la oscuridad, no le temo a nada!

Joshua no soportó más el miedo, el sentirse inservible, inútil ante la bestia, pero la idea que más lo llenaba de odio, era el fallarle a su papá cuando le contesto que no le temía a nada y que cuidaría de su mamá. 

Sacó fuerza y pensó en todo lo que había aprendido en sus clases de autodefensa. Se impulso con sus piernas y se lanzo hacia atrás con una fuerza inusual. Comenzó a rodar por los escalones cortos y empinados. Sentía uno a uno los golpes por diferentes partes de su cuerpo, pero seguía sintiendo la mano de la criatura en su hombro con mayor fuerza. Joshua sentía los dedos de la mano que tenia en su hombro clavándose como si fueran garras como un oso o un tigre. 

Con toda su fuerza giro hacia la criatura y logro ponerse frente a eso que lo atacaba. Su rostro había cambiado: ya no era ese joven bonachón que bromeaba y tenía una sonrisa perpetua, ahora era un guerrero con odio en sus ojos y fuego en sus venas. 

Logró agarrarlo de la solapa e intento golpearle la cara.

— ¡Nunca te tendré miedo, nunca tendré miedo a nada, porque yo se lo prometí a mi pa…!

No termino de decir cuando, en la caída, uno de esos hermosos y gigantes ventanales de la casa dejo entrar un pequeño rayo de luz de luna, dejando que Joshua identificara a su criatura, a su bestia, al objeto de su miedo.

Antes de articular palabra, un golpe certero al enfrentó a su cabeza con el suelo, lo dejó inconsciente. Después de un tiempo empezó a escuchar una voz conocida que se convertía cada vez en una voz muy fuerte.

— ¡Joshua, Joshua!, ¿Qué te paso hijo? – gritaba su mamá con una cara de terror, como si fuera a perder a su hijo.

Joshua revisó todo alrededor, vio que la luz que había en su casa, no era de un foco, sino el sol.

— Si mamá, estoy bien- contesto sonriendo- solamente me caí. Me da vueltas un poco la cabeza, pero estoy bien”.

Su madre, luego de acompañarlo hasta su habitación, le dio una bolsita con hielo para su cabeza y le sirvió una taza de té caliente. Joshua seguía sonriendo, pero por dentro, no podía creer nada de lo que le sucedió en la noche. Su mamá se sentó en el borde de la cama y le dijo con un tono triste

— Sé lo difícil que es todo esto para nosotros dos, solos en esta casa tan grande, pero tu padre lo quiso así. Te puedo asegurar que a veces puedo oler su perfume fino que olía a caoba y su aliento a las pastillas de mentol que tanto le gustaban a tu abuelo y a tu padre. Yo lo extraño. Ambos lo extrañamos.

Joshua abrazó a su madre fuerte mente y la beso en la mejilla. Su mamá, para evitar el llanto se levantó alegremente

— Entonces, ¿Qué vas a querer para desayunar?- dijo con una sonrisa

— Mamá, no llores por mi papá- le dijo viéndola a los ojos- por un extraño motivo, creo que mi papá nos sigue cuidando.

Ambos bajaron a desayunar sonriendo y alegres. Cuando Joshua iba a subir las escaleras, cerró los ojos y recordó como su papá se apoyaba todos los días de su hombro para subir esas escaleras y escucho una voz en su cabeza.

— Cuidado hijo, no mires nunca hacia atrás cuando subes las escaleras. Además, tú sabes que siempre estaré atrás de ti, cuidándote.

Desde ese día, Joshua no le teme a nada.