No sé cuando empezó, no se cuando inicie. Estoy conciente que las cosas se pierden pero no me doy cuenta que he perdido más de lo común.

Vendí mis brazos con los que salude, estreche manos y hasta abrasé al presidente que nos dio nuestra casita de Infonavit y un lapso donde tuvimos que apretar el pantalón para aguantar una pequeña crisis.

Ahí también fue donde aprendí que los frijoles son alimento base, el queso un manjar y las tortillas una necesidad.

Vendí mis piernas porque tenía que comer después de que me canse de estar parado en la eterna fila donde te aseguraban tu tele, tu vocho y tu changarro los cuales veía como un buen comienzo para mi nuevo futuro.

También aprendí que con todo y todo tenía más modales y etiqueta que mi querido presidente.

Después vendí mis pulmones porque, aunque lo ecológico me llego tarde, me importo poco el ver que un joven ecologista era lo suficiente estúpido como para no poder hacer las cuentas de su propio fraude.

Vendí mis ojos para ya no ver más spots que prometen justicia, trabajo, seguridad y ver como no se cumplen las promesas o si se cumplen es ciertas zonas.

Vendí mis oídos para no oír más mentiras, más peticiones de mordidas, más estudiantes exigiendo una calificación que no se merecen, de escuchar a personas que gritan a los cuatro vientos “si no votas, no te quejes”, ¿entonces es correcto callar a las personas que hablen sobre las drogas, si ni siquiera han fumado mariguana?

Vendí mi nariz para ya no oler la porquería que dejan en sus plantones, la inmundicia de las casas de estudiante, el olor del río, los olores del metro cuando estoy en el D. F.

Por ultimo, lo que más me dolió fue vender mi corazón, cansado de desamores, de mentiras pero aun más por la imagen de mi madre siendo asaltada.

Ahora quisiera tener mis brazos y piernas para defender a mi familia pero me detiene el saber que aun por defensa personal termines en la cárcel.

Me persigue el que no se nos deje cuidar nuestras casas, el que si por defensa de tu hogar, familia o amigos, terminas matando a alguien, tú eres el criminal y te vayas directamente a la fuente.

Me rompe el corazón volver a ver la cara de mi madre diciéndome “no te preocupes hijo, un día todo cambiara”. Ese pudo haber sido el día, el día en que mi madre muriera de un balazo porque un político nos ofreció seguridad en la colonia y nos mandaran dos robocops de plástico que tenían que cuidar 4 colonias ellos solos.

Al final, me doy cuenta que lo único que no perdí fue mi sonrisa, la cual muestro aun estando enojado, la cual esta ahí, la cual no esta en venta, una sonrisa que te dice que yo no se nada de política y ni me interesa, la sonrisa que me recuerda que soy mexicano y que puedo aguantar más, la sonrisa que te dice que con 520 palabras, todavía nadie me ha convencido de nuevo para votar.