Miércoles en la mañana. Un día cualquiera en una vida normal. Levantándome lentamente al escuchar los sonidos del portón de metal que tiene la casa que funciona de oficina y bodega la cual es a veces la envidia de mucha gente. Aceptémoslo, ¿Quién no quiere que su lugar de trabajo este cerca?

Entre dormido, escuché la puerta de la casa abrirse y los pasos apresurados de mi hermano que solo me comunicaban que se dirigía al baño. Yo, decidí levantarme y caminé hacia el cuarto de mi madre para ver por la ventana de su baño.

Ahí estaba ella, una señora de no más de un metro cincuenta, llenita, pelo corto y su inconfundible actitud de no saber qué pasa a su alrededor. Sonreí y vi el teléfono de la casa. Decidido a hablarle para reírme un poco, algo clásico de todo hijo… norteño.

Tomo el teléfono gris, de esos de oferta de dos por uno. Marcó su celular y veo que contesta. Pensaba que decirle, un “tengo hambre”, “soy tu conciencia”, “te quiero mucho”… tal vez esa era la frase que debí usar.

 Cuando escuché la voz de mi madre, todo cambió cuando vi por la ventana a dos personas de tés morena, uno setenta y tantos ambos, pelo negro y vestidos de pantalón de mezclilla y playeras de fútbol.

“Deje el teléfono y deme las llaves” fue lo último que escuché por el teléfono. Ese día soleado, con una brisa tranquila, donde no fui a trabajar porque mi madre me dejó dormir un poco más, se convirtió en un día que cambió mi vida. Solté el teléfono y bajé corriendo por las escaleras pensando miles de cosas por segundo, buscando que agarrar para salir a defender a mi madre.

“¡Auxilio!, ¡alguien ayúdeme!” Mi desesperación subió a otro nivel. Pensé salir con un bate de béisbol, decidido a batear las balas hasta que reaccioné y me di cuenta de lo estúpido que me estaba poniendo en ese momento.

Acostumbrado a momentos tensos, adiestrado a mantener la calma pase lo que pase. Ese día no. Hice lo que mi madre no me permite: correr por esos quince escalones que unen el primer piso con el segundo y están coronados por una cúpula de vidrio que aún con la luz más tenue de la luna, se iluminan con una majestuosidad solemne.

Corrí tan rápido como pude, hacia abajo y hacia arriba, buscando algo que me defendiera. De la nada, un grito desgarrador. Pensé que había escuchado el balazo.

Creí lo peor. Bajé lo más rápido posible y vi como mi hermano salía del baño con una cara de angustia.

Él pensaba que mi perra se había salido y mi madre gritaba por ayuda para meterla de nuevo a la oficina. Ahí escuchamos un segundo grito que nos hizo estremecer.

Corrimos hacia la puerta y los vimos. Los dos asaltantes hicieron lo impensable: corrieron. Mi hermano y yo los persegimos hasta que yo frene y fui a ver a mi madre. Ella estaba rara y me abrazó. “No te preocupes gordo, un día todo cambiará”.

Ese pudo ser el día. Ese pudo ser el día donde la inseguridad de Morelia, que crece día a día se llevara a otra persona. Ese pudo ser el día en que perdiera a mi madre. Después vi como mis vecinos no les importa que pase mientras no sea a ellos. “escuché algo y me dije ‘¿qué le pasará a la señora?’, pero no hice nada”.

Ahora me dan unos letreros que dicen “Vecinos comunicados” y me piden sonriendo que las ponga en mi casa y oficina. Esperan que con eso los ladrones busquen otras casas que asaltar.

Mejor las de otras personas, ¿no?

Pero, no me preocupo, porque un día, todo cambiará.