Entre mis extrañas manías como la de sumar los números de las placas de los automóviles, buscar encuadres fotográficos, ponerle música de fondo a mi vida y ver situaciones como si fueran películas, tengo una que muchos no conocen: yo no voy a los cementerios.

He ido a dos en mi vida, pero eso cambió cuando tuve que ir a sacar fotos como material para un proyecto. La idea no me gustaba pero alguien lo tiene que hacer.

Pisando el cementerio donde velamos a mi padre alejo mi mirada de las salas de velación y camino hacia lo demás.

Me siento y prendo un cigarro. Cuanta paz. Escucho el viento, las hojas y una voz diciéndome “joven, ¿que hace aquí? “Nada” contesto, “vengo a tomar unas fotos”. “no sea irrespetuoso, joven” me responde algo molesto.

“No se preocupe, no pondré nombres solo tomas de horizonte y algunas tomas pero sin nombre ni nada, si quiere acompáñeme” El encargado sonrió y dijo “no, tengo otras cosas que hacer pero lo estaré viendo”. “¡que omnipresente!” contesté sin respuesta alguna.

Después de vagar un rato y hacer tomas tontas, entre a las salas de velación donde vi las imágenes del funeral de mi padre, la gente que lo veía, los que estaban en una esquina, el que me preguntó si era amigo de los hijos de Enrique, los que volaron desde el norte en el primer avión que vieron, mi hermano fumando y escondiendo el cigarro de mi madre, mi compadre preguntándome que si quería comer cuando tenía que agarrar un avión en unas cuantas horas.

Sonreí al ver una esquina donde el encargado de deportes de la SEP me contó de cómo mi padre se molesto tanto el día que me lesionaron en el futbol americano.

Tomé unas fotos mas y me dirigí a otro panteón. Más tarde llegue a la casa y mi madre estaba en la cocina. “¿Cómo te fué?”, me preguntó contestándole que muy bien. “¿Qué viste?”…

“recuerdos mamá, ví recuerdos”